Intentar volar

Se despierta con un dolor muscular en el pecho. Siente ejércitos de acero de tamaño diminuto penetrando en su piel. Su piel es mortadela blanda o margarina fundida. Su pecho se abre con suavidad bajo el cortante e imparable avance de esos minúsculos y punzantes seres imaginarios. Se llaman Dolor. Los combate de manera sencilla, con un relajamte muscular. La nada le abraza en todas direcciones. Todas esas direcciones son él. Al día siguiente acude a urgencias. Tras ser etiquetado con una pulsera de “enfermo”, parecida a esas de papel irrompible que te ponen en cualquier festival de música, acude a la sala de espera. Por extraño que parezca no hay rastro de La Bien Querida. En la sala de espera se amontonan seres de lo más variados. Si imaginas una caja de lápices de colores Alpino masticada por un perro psicótico, la gama cromática de personalidades y clases sociales se parece mucho a esa estampa hospitalaria. Predominan los marrones con matices púrpuras. El trozo de carne vestido con bata y ojos saltones que se esconde tras un interfono y un cristal monolítico blanco mate le informa de que hay un tiempo de espera de 3 horas. Esa estimación hace que el cosmos se expanda. A él le parece escuchar el silencio explotando. Aún así, la explosión, también suena a silencio. Tras cinco horas observando a los presentes concluye que la raza humana es una cosa extraña, cascarones conteniendo la locura, grasa impredecible, aire dado la vuelta, huecos rellenados, desafortunadas lecturas de aquello que se quiere, infelicidad peluda bailando en una cornisa de proporciones ínfimas. Abre un libro buscando huir. Tras cinco horas dicen su nombre. Avanza y no mira atrás. Tras hacerle unas placas de pecho y hombro lo despachan en 10 minutos. Inflamación osteomuscular. Ibuprofenos y a volar. Pero no lo consigue. Vuelve a casa en taxi. Al día siguiente lo intenta de nuevo. No da resultado. Finalmente, gracias a otro relajante muscular, consigue algo parecido a un vuelo. Y otra vez la nada.  

MADRE DÍA

No hay ejercicio más bello qué contemplar lo incontemplable. Siempre estando más allá de tiempos. La veas o no. Siempre estando. Esa forma de caminar siempre unidos estemos donde estemos. Nunca entenderé el amor que siente una madre hacia su hijo, se me desborda el hipotálamo sólo de intentarlo, hay un agujero de imposiblidad que va desde la sinceridad genética hasta lo extraordinario. Y ella me lo explica, o lo intenta, cada vida de su día. Sin concesiones. Siempre. Pero no se entiende, somos como un péndulo y su eje gravitatorio, indispensables pero uno y otro independientes, y eso no siempre es uno aunque siempre exista el otro dando vueltas y atrayendo opuestos. No comprendo. Y al final desiste. Da igual. Tú corre por esa pista de grava de inconsciencia que yo seré la contenedora de todo mi ánimo y el tuyo, de todo mi ser y el tuyo, de que tú prevalezcas por encima del yo. Y caminas desde hace años por el vacío absoluto de lo incierto mientras ella dibuja el suelo. Sin que sepas que eso que pisas es un dibujo hecho a medida, un traje eterno. Y un absoluto desacierto se produce al pretender expresar el amor inverso, el que viaja de un hijo hasta su madre y que parece inconfundiblemente más torpe y lento, más ignorado, más de justificarse frente a un puchero. Y al final de todo te das cuenta, como si de una revelación inaudita se tratase, de que un simple gracias sirve. Es como un emoticono acertadísimo. Lo han clavado. GRACIAS. Un gracias sonriente y siempre. Sea como sea siempre. Porque será perpetuo.

Belleza traumatológica

Llevo tres horas aguantando las voces deshilachadas que latiguean mi ánfora de dolor y unas cuatro desde que mi conciencia se convirtió en un dolor punzante con forma de astrágalo roto envuelto en un prominente bulto a la altura de mi tobillo. El criter fallero y humano que ha poseído a la chica que grita a mis espaldas desde hace rato parece obstinado en martillear mi cristal de paciencia hasta quebrarlo en mil agudos dolores mucronatos. Finalmente la mano de Dios hace acto de presencia bajo la apariencia de un celador con barriga prominente y deformadora de una bata blanca pálida impoluta que no llega a colgar con la naturalidad propia de las materias textiles debido a que la panza actúa como tensor natural de la lona de sarga de algodón liso. La figura humana divina aparece sustentada en unos zuecos de candidez nívea sobre las que se apoyan unas piernas pequeñas y gruesas, una espalda del tamaño del diámetro de la convexidad que contiene su ombligo bajo la bata y unos brazos fuertes empujados por su cerebro con la desgana de quien trabaja en una floristería en la que las plantas mueren cada día y en la que nunca brota una flor excepto mediante el entubamiento que convierte la vida en algo mecánico, artificial y exento de gracia. El celador se lleva la silla de ruedas y con ella a la criter gritona que convertía mi dolor en un infierno socioilógico. Tras un rato de silencio un pitido agudo y monofónico precede al sonido de una voz humana que anuncia mi nombre y que sale expelido por un altavoz con ecos defectuosos y metálicos. Un celador parecido al primero pero coronado este con una cabeza inquietantemente pequeña y rematado por una maraña de pelusa inconclusa en su coronilla me dirige por los pasillos con movimientos suaves y bastante ágiles. Llego por fin a una habitación en la que parece que se curan cosas. Hay cuatro hombres dentro. Me parece exagerada la confluencia de médicos y enfermeros. Mi actitud es positiva dentro de la cantidad de mierda que llevo comiendo desde hace rato y más teniendo en cuenta que lo que hacía de mi noche un efluvio de sensaciones y estados mentales de proporciones épicos lleva un rato cayendo por una pendiente de pedregosa y polvorienta realidad. Un hombre vestido de verde y con aspecto impoluto, bronceado, con un físico que parece el de un deportista de 30 años, cuando debe de andar por los 50, me mira serio. Por su forma de situarse en esta fotografía clínica interpreto que debe ser quien manda. Me pregunta sobre lo que me ha ocurrido con seriedad escultórica. Yo, con una simpatía tal vez excesiva, le cuento lo que luego desglosaré y analizaré, seguramente con excesiva profundidad, en un blog sin sentido que es el que ahora lees. No pierdo la tranquilidad ni mi actitud positiva porque considero que, hasta ahora, que me ha ido bastante bien la vida y porque, para que engañarnos, cuando se trata de opinar sobre mi mismo soy bastante conformista. Sin embargo, a pesar de mi aparente seguridad y mi agradable racionalización de los hechos el tipo no me devuelve ni una sonrisa, ni una sola muestra de empatía aparece en sus facciones duras pero atractivas y de hombre de éxito, y en sus ojos no encuentro más que la sombra de quien ha visto ya mi tobillo por dentro gracias a esos cuadros fotovoltaicos que muestran nuestro negativo interno y que permiten a estos seres impávidos y expertos determinar la gravedad de nuestras lesiones a través de la exploración radiográfica. Cuando termino de contarle lo sucedido supongo que estoy sonriendo porque me doy de frente con esa gélida imagen circunspecta que es la cara del traumatólogo y porque lo primero que me dice tras mi pequeño monólogo es que no tiene gracia, que me he roto el peor hueso del pie que cualquiera se puede romper: el astrágalo –es la primera vez que lo oigo y por un momento pienso que me esta gastando una broma, como cuando un novato entra a trabajar por primera vez en un taller mecánico y sus veteranos compañeros le piden que les traiga del cuarto de herramientas la junta de la trócola, algo que no existe, y ese mismo mecánico sufre el golpe satírico de las risas de sus compañeros en una especie de injusto rito iniciático y de desagradable bautismo, algo que él mismo repetirá en una fría y estudiada venganza cuando, años después, otro ingenuo neófito entre a trabajar en ese mismo taller mecánico- que tengo para 6 meses de recuperación si todo va bien, y remarca el “si todo va bien”, como dándome a entender, como si yo no lo supiera, que en la vida no siempre las cosas van bien, aunque su aspecto diga lo contrario y mirándolo tenga la sensación de que en sus manos todo va a salir bien, de que me casaría con él, de que ese hombre es capaz de mover el sol con sus manos, pero lo remarca, con esa frialdad de quien es el puto amo y se la suda lo que te pase, y que la he cagado, y que él en mi lugar no estaría tan tranquilo y por supuesto, que no se le ocurriría sonreír estando en la situación en la que estoy yo. El resto de médicos y enfermeros de miran desde un segundo plano con profundidad abisal. A pesar de los halógenos del techo y de la fluorescencia que predomina en la sala sus caras parecen iluminadas desde el suelo por una lámpara de xénon extendiendo la gravedad de sus rostros hasta unos turbadores e irreales claroscuros greconianos. Cuando parece que dan por colmadas sus expectativas de alarma sobre mi gnosis de los hechos acaecidos comienza una especie de baile litúrgico en el que cada uno parece saber a la perfección lo que tiene que hacer. Dos de ellos se apartan y se convierten en material quirúrgico inútil, simples adornos, observadores de escalofriante presencia estática al fondo de la sala. El tercero de ellos, que parece el más simpático de los cuatro, me agarra con las dos manos los dedos del pie afectado y lo eleva en el aire quedando mi pierna en un ángulo de 45 grados perfecto, un vector de dolor tangente a mi astrágalo y a la camilla en la que estoy tirado. El traumatólogo jefe, el hombre de éxito y de atractivo sublime, me agarra el tobillo con ambas manos y empieza a jugar suavemente, como el que suelta a un pequeño pajarillo que se ha desorientado y ha acabado empotrado contra una ventana, con absoluta delicadeza, hasta que mi astrágalo roto, con la tibia y el peroné anclados a él, encuentran su camino de vuelta a la posición correcta, haciendo que mi bulto del tobillo desaparezca y que una especie de suave descarga eléctrica descongestione mi alma a lo largo de mi extremidad inferior izquierda. Siento como se abren las puertas de mi cielo sural y cómo el dolor se convierte en una especie de cálido manto. Descanso. Ahora sólo me toca esperar. 8 horas más sin comer ni beber agua. 8 horas más y entraré a una sala de operaciones. Recuerdo que antes de llegar pensaba volver al encuentro de mis amigos con un esguince en mi pierna vendada y con el ansia de quien ha superado un momento delicado. Me doy cuenta una vez más de que soy un optimista nato y de que en esta ocasión me he vuelto a equivocar sobre la gravedad de mis acciones y sus consecuencias. Cómo decía mi abuelo, un imbécil nunca sabe a ciencia cierta lo imbécil que es y, por lo general, necesita que un especialista se lo recuerde continuamente. Cuando me alejan en la camilla de vuelta a la sala de espera recuerdo a mi abuelo y veo dibujado un gran imbécil dirigido a mi persona en el rostro serio y bronceado del especialista traumatólogo y entre las líneas igualmente cobrizas de sus atractivas facciones. Cuando me abandonan de nuevo en la sala de espera pienso una vez más en lo imbécil que soy y en lo arrebatadoramente atractivo que es ese hombre del que depende mi astrágalo y que me lo gritaba en silencio con su rostro impasible y bronceado a los cuatro vientos.

Paradojas caducifolias

Se conocieron en un taller universitario de creación literaria. Su prólogo fue breve y directo, como una onomatopeya de impacto o de cuchillo que rasga el aire en un vuelo implacable hacia alguna diana carnosa. Un fiu. Un bang. Un ñasca. Un zas embebido de concreción y de agradable ensueño. Él la miraba y se le desconjugaban los verbos. Juntos eran circunstanciales, sujetos omisos, aliteraciones de suaves sonidos que susurraban silencios cómplices. Anagramas de ellos mismos, transformados y deformados en la mutación de algo nuevo. Circunloquios. Ella le miraba y se articulaba en gramáticas imposibles, sus manos tocándole adjetivaban el silencio, su piel se erizaba y los verbos se le ponían de punta. Eran amantes análogos y un diptongo perfecto y cuando follaban transformaban todo aquello que les rodeaba, por desagradable que fuera, en una alegoría perfecta y mágica de su amor completo, ya fuese un mechero, una bolsita unidosis de kepchup, un gato callejero o el zapato lanzado hacia ese mismo felino por un mendigo con olor a vinagre y a pies o a tatami viejo. Él se despertaba todas las mañanas sonriendo, la miraba durmiendo a su lado y sentía que la cama era un predicado eterno, y ellos simplemente sujetos, conjunciones de unión entre uno y otro, manos agarradas, sinalefas que los convertían en un solo sonido puenteado desde un corazón al otro. Y volvían a follar determinantes, en numerosas preposiciones, y una lengua nueva y connotada lo lamía todo, y creaba nuevos significados y palabras que se encabalgaban aliteradas, amplificadas, y el sudor se agarraba al techo como sus mentes al adverbio de lugar que ocupaban, y cuando se habían condensado lo suficiente y su masa crecía y las gotas no soportaban su propio peso, comenzaban a caer de nuevo sobre ellos que seguían postrados en la cama, inelásticamente, como una lluvia de consonantes mudas y de vocales átonas que, articulatoriamente, inundaban la habitación de breves y suaves fonologías y de un aroma a hierba y a consonancia fresca, y fumaban bajo ese manto fonético y húmedo sintiéndose espectrógrafos, nasómetros, glotógrafos y palatógrafos mientras el humo del cigarrillo se rompía en el aire como una burbuja al contacto con esa lluvia artificial y anáfora que ellos mismos habían creado mediante el énfasis y la repetición y las metáforas que crecían salvajes entre sus cuerpos. Juntos eran objetos indirectos en un párrafo caótico y hermoso, antítesis y cacofonías, anástrofes naturales, tónicas gozosas alzando su acento por encima de las sábanas y de los polímeros. La extraña sensación de ser ellos solos, por encima del resto de objetos, directos o indirectos, hacía que a ella se le torcieran las estrofas sin que le importara, y que se pasara horas adorando esos ripios que se le formaban a él en el pelo arremolinado de su nuca, perdiendo sus dedos por ese mar de erres y de zetas aterciopeladas, y que el tiempo así pasara siendo un sustantivo en lugar de un esclavista adverbio. Y él la escuchaba a ella mientras le hablaba y su voz le parecía una eufonía hipnotizante, y se le hiperbatoneaba el pecho contra el estómago, y sentía que una reiteración incontrolable le golpeaba el sentido y los sesos, y apoyaba su cabeza en el estómago de ella para relajarse, y se perdía con sus dedos en la hipérbole de su ombligo, y escuchaba las rimas internas de su vientre, y sentía que la paz era una metonimia de sí mismo mientras se dormía y mientras ella seguía tocando hipnóticamente los ripios ya mentados de su cogote. Se conocieron en un taller de creación literaria y en ese preciso instante se dieron cuenta de que por separado sólo eran figuras sin retórica, vulgares enumeraciones, simples asíndetos y tautologías repetidas día tras día. También de que juntos sus figuras se convertían en dialogías excepcionales, en retóricas y sintagmas inabarcables, en simpáticas diástoles. Su sentimiento era hiperbólico y por un tiempo pensaron que siempre serían un morfema inseparable. Sin embargo con el tiempo fueron olvidando los significados de las figuras literarias aprendidas en aquel taller y, por lo tanto, empezaron a olvidar también el significado de estar juntos. El olvido creó elipsis de memoria, apócopes que mermaron el fuego inicial de su prosa. Fueron apareciendo lexemas cotidianos, pequeñas perífrasis incómodas, elementos fonéticos suprasegmentales cuyo tono y acento minó la belleza de una relación que al principio parecía inseparable e indisoluble a su complemento directo. Su vida empezó a llenarse de pleonasmos sin que ni siquiera supiesen lo que eso significaba. Hasta los desayunos empezaron a saberles a algo desagradable que ni siquiera reconocían. Tan extrañados estaban con el sabor del café durante esa época decadente de su relación que pensaron incongruentemente que en el supermercado donde hacían la compra todas las semanas se les habían mezclado los lotes de café con los de membrillo y wasabi, o que algún chino invertebrado de la zona se colaba de noche en su casa y les metía jengibre y apio rayado en el azucarero. A esas alturas resultaba imposible que supiesen que ese desagradable sabor provenía de ellos mismos y que pertenecía a simples carientismos y bruscos clenasmos que impregnaban sus papilas gustativas sin remedio ni lógica en una especie de extensión pandémica y selectiva del odio que sentían el uno por el otro y que sólo afectaba de manera caprichosa a sus sentidos del gusto. Dejaron de entenderse. Dejaron de follar. Ella ya no le acariciaba los ripios. Incluso ahora le parecían simples rizos similares a pelos de polla, desagradables, ásperos, escatológicos y ajenos a cualquier voluntad metafórica que ella ni siquiera podría ahora imaginar. El dejó de perderse en la hipérbole de su ombligo. Ahora le parecía un simple foco infecto, un agujero en el que se acumulaba la roña de su rutina, la basura reiterativa y endémica de su epidermis enferma y de la carroña del mundo, una sinonimia del desafecto convertida en vulgar pliegue carnoso lleno de pelusa y vacío de atractivo. Su relación se convirtió en una cronografía de su propio final y la decadencia era un polisíndeton eterno y desagradable aunque ellos a estas alturas no entendieran ni esto ni un carajo aunque se lo pusiesen delante. Sus voces se parecían a un chirrido ininteligible y sus oraciones recordaban al mantra parabólico de un motor de locomotora a punto de reventar por exceso de presión y calentamiento en las turbinas. Sus defectos formaron una expolición constante que cristalizaba la imposibilidad de una relación execracionada de hiatos ariscos. Su última conversación fue de un paroxismo inabarcable. Su gramática se hizo incomprensible. Su falta de sintaxis imposibilitó el análisis pragmático de sus males y por lo tanto la resolución de los mismos. El final de esta sinopsis desencadenó en una discusión de sentidas sinestesias y desembocó en una desproporcionada bronca. Aquella tarde los esperpénticos gritos y difemismos se elevaron por el deslunado en dirección opuesta a las hojas anaranjadas que caían desde los árboles caducifolios al suelo del portal de su edifico. Unas anunciaban el pleno apogeo del otoño y otros pregonaban en todo el vecindario el ocaso de esta historia de complejas morfologías. Mientras todo eso ocurría el portero de la finca barría ensimismado las hojas sin clorofila del patio ejecutando una perfecta e hipnótica parábola con su escoba y pensando, con absoluta falta de intención retórica, que en el amor, en algunas ocasiones, siempre existen injustas y caprichosas paradojas.

Abandono las muletas

Buenas noticias. Abandono las muletas. Ese aparato del infierno. Ese artefacto que existe en uno y en su facsímil replicado que es el otro. Uno que todo el rato te recuerda, por ambos flancos, que eres un inútil binomio quebradizo. Dos puntos de apoyo. Dos vectores amorfos de aluminio y polietileno. Dos segmentos metálicos que permiten que el trazado brazo-suelo continúe por sendas autopistas de latón agujereado y hueco hasta sus correspondientes puntas de polímero. Dos tangentes al segmento del suelo que apuntalan tu equilibrio y te convierten en víctima de una poderosa succión hacia un paroxismo de involución implacable. Cuesta creer que a estas alturas no haya un invento mejor. Destierran la prístina capacidad prensil al obligarte a dedicar toda esa funcionalidad precisamente a agarrarlas a ellas. Una pelota para un tonto. Un boomerang de ida y vuelta contra la dignidad bípeda. Comencé siendo un inepto en su uso hasta que me acostumbré a esa nueva forma de vida. Tropecé con una realidad de brazos metálicos y cilíndricos de un metro y pico de largo, con tumefacciones de goma y plástico azul, que se extendían con desconfianza y desasosiego hasta la firme superficie de un mundo ataviado de cemento. Dar la mano a alguien se convirtió en un espectáculo ortopédico. Parecía una libélula atrófica en un medio ajeno y confuso. Concatenaba acciones grotescas y posiciones artríticas que tras varios minutos de inutilidad se fundían con el recuerdo de un artrópodo quemado por un cigarro o con las patas deformes de un cadáver heterometabólico en el suelo de un mingitorio público frecuentado por personas con graves problemas de puntería urinaria. Me convertí en un reverso patético de mi ser y una prolija falta de dignidad humanidad me relegaba continuamente a la figura de escopo transido por falta de cualidades. Sufrí bucles de inepcia frente a puertas con brazo-muelle, cierrapuertas que redirigían mi opinión de mi mismo y, bajo el terrible manto de una incapacidad más allá de la puramente biótica, me obligaban a rebautizarme con metonimias exageradas del tipo “idiota-biónico-in-capaz-de-ser-auto-suficiente-y-más-idiota-aún-por-caerme-de-un-muro”. Ahora vuelvo a ser el insensato trepador, el inconsciente muchacho, el azote de mí mismo. Si me veis y comprobáis que ando con normalidad: calma. Que la emoción no cunda. Sigo siendo un ser renqueante. Mi tobillo está flanqueado por una barrera de imaginaria protección. Esa protección empieza en mi mismo pero termina en vosotros. La responsabilidad es necesaria. No saltéis encima de mi con alegría. No espetéis mi dislate. Celebremos con alegría pero hagámoslo bajo el confeti del estatismo.

3 cosas que deberías hacer para no parecer idiota

10 cosas que no deberías decirle a una chica tatuada. 5 cosas que no debes hacer en una discoteca. 10 maneras de atraer a tu objeto del deseo. 5 cosas que deberías saber sobre Julio Verne. 10 cosas sobre sexo que deberías saber. 5 motivos por los que los bajistas son unos bichos raros. 10 cosas que debes hacer para sobrevivir en un festival. Y así un largo etcétera de artículos absurdos con gran repercusión en las redes sociales. Deberían escribir uno que se llamase 3 cosas que debes hacer para no parecer imbécil. La primera sería no leer artículos de este tipo. La segunda no compartirlos en tu muro. La tercera, sobretodo si tu profesión es el periodismo, no escribirlos. Casi todos se basan en generalidades, son prejuiciosos, pretenciosos o directamente estúpidos. Seguramente no todas las chicas tatuadas sean igual de tontas, de simples, o seguramente no les gustes tú, no lo que les dices, sobretodo si te riges por este tipo de artículos. Probablemente haya muchas más cosas que saber sobre el sexo. Yo llevo toda la vida aprendiendo y me faltan dedos en las manos. En todos los sentidos. Y así uno por uno. En fin. Cuanta tontería arroja a nuestras mentes la era de la información. Espero que se acabe pronto y que pasemos a una nueva era cuanto antes. La verdad es que no he conocido otra. Sólo a alguna amiga que antes era diferente. Que era otra vaya. Otra era.