MADRE DÍA

No hay ejercicio más bello qué contemplar lo incontemplable. Siempre estando más allá de tiempos. La veas o no. Siempre estando. Esa forma de caminar siempre unidos estemos donde estemos. Nunca entenderé el amor que siente una madre hacia su hijo, se me desborda el hipotálamo sólo de intentarlo, hay un agujero de imposiblidad que va desde la sinceridad genética hasta lo extraordinario. Y ella me lo explica, o lo intenta, cada vida de su día. Sin concesiones. Siempre. Pero no se entiende, somos como un péndulo y su eje gravitatorio, indispensables pero uno y otro independientes, y eso no siempre es uno aunque siempre exista el otro dando vueltas y atrayendo opuestos. No comprendo. Y al final desiste. Da igual. Tú corre por esa pista de grava de inconsciencia que yo seré la contenedora de todo mi ánimo y el tuyo, de todo mi ser y el tuyo, de que tú prevalezcas por encima del yo. Y caminas desde hace años por el vacío absoluto de lo incierto mientras ella dibuja el suelo. Sin que sepas que eso que pisas es un dibujo hecho a medida, un traje eterno. Y un absoluto desacierto se produce al pretender expresar el amor inverso, el que viaja de un hijo hasta su madre y que parece inconfundiblemente más torpe y lento, más ignorado, más de justificarse frente a un puchero. Y al final de todo te das cuenta, como si de una revelación inaudita se tratase, de que un simple gracias sirve. Es como un emoticono acertadísimo. Lo han clavado. GRACIAS. Un gracias sonriente y siempre. Sea como sea siempre. Porque será perpetuo.

Paradojas caducifolias

Se conocieron en un taller universitario de creación literaria. Su prólogo fue breve y directo, como una onomatopeya de impacto o de cuchillo que rasga el aire en un vuelo implacable hacia alguna diana carnosa. Un fiu. Un bang. Un ñasca. Un zas embebido de concreción y de agradable ensueño. Él la miraba y se le desconjugaban los verbos. Juntos eran circunstanciales, sujetos omisos, aliteraciones de suaves sonidos que susurraban silencios cómplices. Anagramas de ellos mismos, transformados y deformados en la mutación de algo nuevo. Circunloquios. Ella le miraba y se articulaba en gramáticas imposibles, sus manos tocándole adjetivaban el silencio, su piel se erizaba y los verbos se le ponían de punta. Eran amantes análogos y un diptongo perfecto y cuando follaban transformaban todo aquello que les rodeaba, por desagradable que fuera, en una alegoría perfecta y mágica de su amor completo, ya fuese un mechero, una bolsita unidosis de kepchup, un gato callejero o el zapato lanzado hacia ese mismo felino por un mendigo con olor a vinagre y a pies o a tatami viejo. Él se despertaba todas las mañanas sonriendo, la miraba durmiendo a su lado y sentía que la cama era un predicado eterno, y ellos simplemente sujetos, conjunciones de unión entre uno y otro, manos agarradas, sinalefas que los convertían en un solo sonido puenteado desde un corazón al otro. Y volvían a follar determinantes, en numerosas preposiciones, y una lengua nueva y connotada lo lamía todo, y creaba nuevos significados y palabras que se encabalgaban aliteradas, amplificadas, y el sudor se agarraba al techo como sus mentes al adverbio de lugar que ocupaban, y cuando se habían condensado lo suficiente y su masa crecía y las gotas no soportaban su propio peso, comenzaban a caer de nuevo sobre ellos que seguían postrados en la cama, inelásticamente, como una lluvia de consonantes mudas y de vocales átonas que, articulatoriamente, inundaban la habitación de breves y suaves fonologías y de un aroma a hierba y a consonancia fresca, y fumaban bajo ese manto fonético y húmedo sintiéndose espectrógrafos, nasómetros, glotógrafos y palatógrafos mientras el humo del cigarrillo se rompía en el aire como una burbuja al contacto con esa lluvia artificial y anáfora que ellos mismos habían creado mediante el énfasis y la repetición y las metáforas que crecían salvajes entre sus cuerpos. Juntos eran objetos indirectos en un párrafo caótico y hermoso, antítesis y cacofonías, anástrofes naturales, tónicas gozosas alzando su acento por encima de las sábanas y de los polímeros. La extraña sensación de ser ellos solos, por encima del resto de objetos, directos o indirectos, hacía que a ella se le torcieran las estrofas sin que le importara, y que se pasara horas adorando esos ripios que se le formaban a él en el pelo arremolinado de su nuca, perdiendo sus dedos por ese mar de erres y de zetas aterciopeladas, y que el tiempo así pasara siendo un sustantivo en lugar de un esclavista adverbio. Y él la escuchaba a ella mientras le hablaba y su voz le parecía una eufonía hipnotizante, y se le hiperbatoneaba el pecho contra el estómago, y sentía que una reiteración incontrolable le golpeaba el sentido y los sesos, y apoyaba su cabeza en el estómago de ella para relajarse, y se perdía con sus dedos en la hipérbole de su ombligo, y escuchaba las rimas internas de su vientre, y sentía que la paz era una metonimia de sí mismo mientras se dormía y mientras ella seguía tocando hipnóticamente los ripios ya mentados de su cogote. Se conocieron en un taller de creación literaria y en ese preciso instante se dieron cuenta de que por separado sólo eran figuras sin retórica, vulgares enumeraciones, simples asíndetos y tautologías repetidas día tras día. También de que juntos sus figuras se convertían en dialogías excepcionales, en retóricas y sintagmas inabarcables, en simpáticas diástoles. Su sentimiento era hiperbólico y por un tiempo pensaron que siempre serían un morfema inseparable. Sin embargo con el tiempo fueron olvidando los significados de las figuras literarias aprendidas en aquel taller y, por lo tanto, empezaron a olvidar también el significado de estar juntos. El olvido creó elipsis de memoria, apócopes que mermaron el fuego inicial de su prosa. Fueron apareciendo lexemas cotidianos, pequeñas perífrasis incómodas, elementos fonéticos suprasegmentales cuyo tono y acento minó la belleza de una relación que al principio parecía inseparable e indisoluble a su complemento directo. Su vida empezó a llenarse de pleonasmos sin que ni siquiera supiesen lo que eso significaba. Hasta los desayunos empezaron a saberles a algo desagradable que ni siquiera reconocían. Tan extrañados estaban con el sabor del café durante esa época decadente de su relación que pensaron incongruentemente que en el supermercado donde hacían la compra todas las semanas se les habían mezclado los lotes de café con los de membrillo y wasabi, o que algún chino invertebrado de la zona se colaba de noche en su casa y les metía jengibre y apio rayado en el azucarero. A esas alturas resultaba imposible que supiesen que ese desagradable sabor provenía de ellos mismos y que pertenecía a simples carientismos y bruscos clenasmos que impregnaban sus papilas gustativas sin remedio ni lógica en una especie de extensión pandémica y selectiva del odio que sentían el uno por el otro y que sólo afectaba de manera caprichosa a sus sentidos del gusto. Dejaron de entenderse. Dejaron de follar. Ella ya no le acariciaba los ripios. Incluso ahora le parecían simples rizos similares a pelos de polla, desagradables, ásperos, escatológicos y ajenos a cualquier voluntad metafórica que ella ni siquiera podría ahora imaginar. El dejó de perderse en la hipérbole de su ombligo. Ahora le parecía un simple foco infecto, un agujero en el que se acumulaba la roña de su rutina, la basura reiterativa y endémica de su epidermis enferma y de la carroña del mundo, una sinonimia del desafecto convertida en vulgar pliegue carnoso lleno de pelusa y vacío de atractivo. Su relación se convirtió en una cronografía de su propio final y la decadencia era un polisíndeton eterno y desagradable aunque ellos a estas alturas no entendieran ni esto ni un carajo aunque se lo pusiesen delante. Sus voces se parecían a un chirrido ininteligible y sus oraciones recordaban al mantra parabólico de un motor de locomotora a punto de reventar por exceso de presión y calentamiento en las turbinas. Sus defectos formaron una expolición constante que cristalizaba la imposibilidad de una relación execracionada de hiatos ariscos. Su última conversación fue de un paroxismo inabarcable. Su gramática se hizo incomprensible. Su falta de sintaxis imposibilitó el análisis pragmático de sus males y por lo tanto la resolución de los mismos. El final de esta sinopsis desencadenó en una discusión de sentidas sinestesias y desembocó en una desproporcionada bronca. Aquella tarde los esperpénticos gritos y difemismos se elevaron por el deslunado en dirección opuesta a las hojas anaranjadas que caían desde los árboles caducifolios al suelo del portal de su edifico. Unas anunciaban el pleno apogeo del otoño y otros pregonaban en todo el vecindario el ocaso de esta historia de complejas morfologías. Mientras todo eso ocurría el portero de la finca barría ensimismado las hojas sin clorofila del patio ejecutando una perfecta e hipnótica parábola con su escoba y pensando, con absoluta falta de intención retórica, que en el amor, en algunas ocasiones, siempre existen injustas y caprichosas paradojas.

Abandono las muletas

Buenas noticias. Abandono las muletas. Ese aparato del infierno. Ese artefacto que existe en uno y en su facsímil replicado que es el otro. Uno que todo el rato te recuerda, por ambos flancos, que eres un inútil binomio quebradizo. Dos puntos de apoyo. Dos vectores amorfos de aluminio y polietileno. Dos segmentos metálicos que permiten que el trazado brazo-suelo continúe por sendas autopistas de latón agujereado y hueco hasta sus correspondientes puntas de polímero. Dos tangentes al segmento del suelo que apuntalan tu equilibrio y te convierten en víctima de una poderosa succión hacia un paroxismo de involución implacable. Cuesta creer que a estas alturas no haya un invento mejor. Destierran la prístina capacidad prensil al obligarte a dedicar toda esa funcionalidad precisamente a agarrarlas a ellas. Una pelota para un tonto. Un boomerang de ida y vuelta contra la dignidad bípeda. Comencé siendo un inepto en su uso hasta que me acostumbré a esa nueva forma de vida. Tropecé con una realidad de brazos metálicos y cilíndricos de un metro y pico de largo, con tumefacciones de goma y plástico azul, que se extendían con desconfianza y desasosiego hasta la firme superficie de un mundo ataviado de cemento. Dar la mano a alguien se convirtió en un espectáculo ortopédico. Parecía una libélula atrófica en un medio ajeno y confuso. Concatenaba acciones grotescas y posiciones artríticas que tras varios minutos de inutilidad se fundían con el recuerdo de un artrópodo quemado por un cigarro o con las patas deformes de un cadáver heterometabólico en el suelo de un mingitorio público frecuentado por personas con graves problemas de puntería urinaria. Me convertí en un reverso patético de mi ser y una prolija falta de dignidad humanidad me relegaba continuamente a la figura de escopo transido por falta de cualidades. Sufrí bucles de inepcia frente a puertas con brazo-muelle, cierrapuertas que redirigían mi opinión de mi mismo y, bajo el terrible manto de una incapacidad más allá de la puramente biótica, me obligaban a rebautizarme con metonimias exageradas del tipo “idiota-biónico-in-capaz-de-ser-auto-suficiente-y-más-idiota-aún-por-caerme-de-un-muro”. Ahora vuelvo a ser el insensato trepador, el inconsciente muchacho, el azote de mí mismo. Si me veis y comprobáis que ando con normalidad: calma. Que la emoción no cunda. Sigo siendo un ser renqueante. Mi tobillo está flanqueado por una barrera de imaginaria protección. Esa protección empieza en mi mismo pero termina en vosotros. La responsabilidad es necesaria. No saltéis encima de mi con alegría. No espetéis mi dislate. Celebremos con alegría pero hagámoslo bajo el confeti del estatismo.

La ciencia ficción de una relación

Están sentados uno frente a otro. Ella y él. Él y ella. Se miran a los ojos. Serios. Hace tiempo que lo suyo se ha roto. Se mueven por el mundo como una pareja de peces afectados de hidropesía, inflados de odio, enfermos, plagados de gusanos lernaeas, inflamados por el asco que se producen mutuamente, frotando sus escamas en los marcos de las puertas y los enjarjes, provocándose llagas, heridas y laceraciones físicas y psiquicas. Él piensa que incluso odiándola le parece guapa, guapísima. Ni el odio puede cambiar eso. Aunque admitirlo le produzca más odio hacia ella del que ya siente. Y hacia sí mismo. Ella piensa que no lo soporta. Ni un ápice. Que si ahora él abriese su boca le lanzaría la taza de té que sostiene con su mano izquierda a la cabeza. Él golpea el botón extraplano con forma de carrito de la pantalla táctil integrada en la mesa de cocina y la nevera comienza a encargar al supermercado las cosas necesarias. Ella cambia el color de leds de sus uñas con el puntero electromagnético pintauñas que él le regaló hace unos meses. Se siguen haciendo regalos a pesar de la antipatía mutua que se tienen, a pesar de la desagradable sensación de estar viviendo con su peor enemigo, entregándole su cuerpo y su existencia, ignorando que están tirando su dinero al mismo sucio agujero de mierda en el que acabará algo tan feo como su propio futuro, lo que comparten o lo que son estando juntos. Llevan dos horas mirándose a los ojos, encendiendo las calderas de su repugnancia bilateral. Él piensa que si no suena el timbre pronto saltará sobre ella y le arrancará los ojos de la cara, desfigurará su rostro y la ahogará en el wáter. Ella piensa en cómo donde antes veía belleza ahora sólo ve gusanos mientras sigue sujetando la taza de té. Se alivia al comprobar que todavía le quema la palma de la mano y que por lo tanto, está lo suficiente caliente como para que después de un golpeo contundente contra su cráneo, el de él, le provoque algunas quemaduras importantes. Él aprieta cada vez con más fuerza, con su mano derecha, el tenedor que lleva rato sosteniendo mientras sigue mirándole a los ojos, con su rabia en aumento, imaginando la sensación del hierro poco afilado hundiéndose en la carne. De repente suena el timbre.

El sol acaba de esconderse detrás del edificio de correos que se ve por la ventana de su habitación. Un zumbido intermitente proveniente de algún sitio de la casa percute cada segundo de silencio como un metrónomo eléctrico. Están en la cama con cabezal holograma-programable de nueva generación que acaban de instalarles. Acaban de follar por primera vez en los dos últimos meses. Sin ganas pero con rabia. Suficiente para ambos. El robot de asistencia básica que les regalaron unos amigos está golpeando una y otra vez una esquina de la casa, atrancado en un naufrago y sucio calcetín deportivo que se ha extraviado del montón de ropa sucia que últimamente suelen acumular detrás de la puerta del dormitorio. Le queda poca batería y el sonido cada vez se parece más al latido estertor de un corazón de válvulas. Es lo único que se oye en toda la casa. Él está fumando. Ella tiene la cabeza apoyada en su hombro mientras su mano juega a acariciar su pecho y a hundirse con amable desinterés en la importante masa de vello que lo cubre. Mientras acaricia el pelo piensa en arrancárselo de cuajo, en despellejarle el pecho. En ese mismo momento él se imagina apagándole el cigarro en la cara, ahogándola con la almohada. La casa se queda en silencio cuando cesa el zumbido intermitente del robot al abandonarse al final de su batería de litio. Los dos piensan en silencio que nada tiene sentido. Que a estas horas siempre están demasiado cansados para odiarse. Que hoy hacen las batallas de La Voz en Telecinco. Que no hay nada que les guste más que verlo juntos. Y que mañana será otro día.

UNA ESCENA MUY DRAMÁTICA

*NOTA PARA EL LECTOR: Para disfrutar de la experiencia con todo su peso dramático antes de empezar a leer reproduce esta canción.

ESCENA1. HABITACIÓN. INTERIOR. NOCHE
Alguien está sentado en su dormitorio frente a su ordenador. Da igual que sea chica o chico. Imagina lo que quieras. La escena es igual de buena. Igual de triste y de buena. En fin, que está esa persona sentada frente a su ordenador en su dormitorio, de noche. Y está escuchando este tema. Y está triste. Y escucha este tema que es triste estando triste así que todo es bastante triste. Ni si quiera se sabe si está triste porque está escuchando el tema o si está escuchándolo porque ya estaba triste y es de esas personas que escuchan música triste cuando están tristes, pero el tema es que todo muestra una atmósfera bastante triste de cojones. Además, aunque no lo supiéseis hasta ahora, está llorando, así que todo es innegablemente triste y el llorar ya es el acabóse de esa tristeza. Pero además de todo y a pesar de que esta escena bien podría ser el final de cualquier historia esto no es más el principio así que la escena continúa y pinta que va a seguir siendo triste. Porque además mira el facebook. Y mira fotos de su vida y de la vida de otros. Y todo eso le pone triste, más triste todavía, por él y por los demás, por las vidas de los otros, por las realidades que se destilan tristemente entre los píxeles. Y resulta que además de estar triste y llorando y escuchando este tema triste, esa persona también está buscando en su ordenador una película que ver online. La busca en el detestable mundo de las páginas de películas online, con sus millones de scroll rolls promocionales y esas ventanas emergentes publicitarias tan molestas que aparecen con incómodos sonidos digitales cada vez que pincha con el ratón en “ver película” o en el botón de play. Y aparecen esos video-anuncios en los que un imbécil te dice que si quieres ganar 100.000 euros puedes hacer algo , algo que de ser verdad, ese mismo imbécil estaría haciendo todo el rato y en ese mismo momento en lugar de estar diciéndote a ti con esa cara de imbécil como hacerlo. Y la canción suena todo el rato muy alta. Y la escena dura mucho. Y en la escena la canción también dura mucho. En realidad dura más de lo que dura la de verdad. Será una versión más larga que compondrá alguien. O igual no dura más. Igual está en loop. Aunque eso no importa demasiado. El tema es que la música no para. Como las lágrimas de esa persona. Las lágrimas y la música no se detienen en ningún momento. Parece que la música y las lágrimas procedan de la misma fuente de inagotable mezcolanza.Un torrente líquido y sonoro de pesadumbre. Y las ventanas emergentes de publicidad más de lo mismo, son infinitas, eternas, sempiternas y otros sinónimos de algo parecido a la eternidad. Y esa persona llora todo el rato. Cada vez más. Y ya no sabes bien si llora porque está triste o si es por la música o si es por las ventanas emergentes de publicidad. Y la verdad es que podría ser por cualquiera de esas cosas pero evidentemente piensas que debe ser por eso último. Que llora por las ventanas. Que no puede sentirse más triste, invadido tan gratuita y maléficamente por todo ese contenido publicitario que él (o ella) no ha pedido. Y ahí te ha cogido la escena por los huevos. O por el coño. O por los dos sitios. Porque ahora empatizas con esa persona. Completamente. Y aunque haga gracia la escena acongoja. Da su cosa. Porque no nos engañemos. Esas ventanas son diabólicas. Pura maldad. Y dan ganas de llorar. Eternamente o algo que se le parezca.

CADA UNO CON SU CIENCIA

¡Ya me han quitado la escayola! Tengo el tobillo que parece un panqueque deforme relleno de ciruelas a punto de reventar. Muy apetecible para metérselo en la boca cuando llegas taja perdido a casa de madrugada y piensas en introducir algo sólido en el estómago para equilibrar tu sistema digestivo con la inconsciente y falsa esperanza de que así se equilibren también tu sistema motriz y tu lóbulo occipital permitiéndote descansar plácidamente en horizontal sin que el techo de vueltas y sin echar la papa, pero, por el contrario, nada apetecible para apoyarlo contra el suelo y que ejecute funciones básicas de equilibrio dinámico del cuerpo y de basculación podal, algo a lo que antes estaba tan acostumbrado y que le dio cierta reputación en la siempre complicada jungla laboral a la que se enfrenta en su frenético día a día la amargada sociedad ósea de nuestra competitiva civilización corporal. En definitiva. Tengo una falla dolorosa de bajo presupuesto y con un sólo ninot que bascula en absolutamente ninguna dirección. Digamos que es el patito feo de los tobillos. El Stephen Hawking de las maratones. El Christian Grey de la cultura pornográfica. La Lucía Etxevarría de la literatura. El Mariano Rajoy de la política. Una basura inservible. Un error. Un defecto esencial. He decidido llamar a ese bulto atrófico que fue mi tobillo Bernie ya que considero que la personificación de nuestras propias taras nos permite establecer con ellas una cercana relación de amistad, cariño y respeto que,  a pesar de la diabólica motivación y del egoísmo que se esconde detrás de este aparente acto surrealista e infantil, sin duda hace que puedas ganarte su confianza obteniendo de ellas una verdadera implicación en su recuperación, que al fin y al cabo, es la tuya propia y es de lo que se trata. No es nada científico pero sin duda cada uno tiene, a parte de la ciencia oficial,  su propia ciencia, y si no es así debería serlo, pues son los pilares sobre los que se asientan los rasgos más excepcionales de la personalidad humana, así como el soporte de la auto justificación por encima de todo. Mi abuelo, por ejemplo, formuló una teoría científica, que muchos antes y después de él también esgrimieron, que postulaba que el tabaco es sano; y así vivió y murió felizmente, con la base de su ciencia amarilleando sus dedos, ennegreciendo sus dientes y escupiendo bocanadas de humo que rezumaban su propia verdad por todos lados. En cuanto a mi ciencia y a mi tobillo, es decir, a Bernie, debo decir que todavía ando pensando el apellido. El primero que me vino a la cabeza fue Ecclestone, pero lo he rechazado por parecerme un nombre de poco prestigio, ni siquiera lo consideraría un adjetivo digno. Por todo ello admito sugerencias, quiero decir – y espero que me perdone –  Bernie admite sugerencias.

HOY, DURANTE UNOS SEGUNDOS, NO HE MIRADO EL MÓVIL

Estoy sentado en un banco intentando mirar a mi alrededor de forma activa. A pesar de la agitación exagerada de mis células nerviosas y gliales, de mi atracción hacia cualquier dispositivo tecnológico y de la sensación de que un gran incendio está a punto de iniciarse en el interior de mi bolsillo derecho, consigo evitar la tentación de sacar el móvil y mirarlo. Me gusta jugar a eso. Aunque cada vez sienta con más fuerza en la pierna el foco ardiente del desastre, sólo separado por una fina capa de tela de mi piel, y aún sabiendo que, en el fondo de esa pequeña prisión de finos barrotes que entretejen una opresiva atmósfera textil, existe un mundo virtual que, sin importarle que yo lo consuma o no, continúa su dinámica imparable. Me gusta jugar a eso. Sufrir. Mirar hacia lo que hay más allá de mis brazos y mi mente sin poder evitar que mis pensamientos se escurran, una y otra vez, hacia ese bulto vivo al lado de otro bulto inerte. Intentar no existir donde existe mi aparato móvil. Mirar un árbol y pensar “móvil”. Mirar una pareja de adolescentes o de ancianos y pensar “móvil. Mirar como el mundo esparce su aburrimiento como una gelatina líquida que se desparrama inevitable y eterna por un flan perpetuo y, sin opción a imprevistos, pensar irremediablemente: “Móvil. Me gusta hacerlo y normalmente no tardo mucho en que la involuntariedad lance mi mano al fondo del bolsillo, e igualmente inconscientes, mis ojos se descubran a ellos mismos mirando de nuevo esa pantalla táctil en la que bailan mis falanges. Suele ser una derrota asumida y presumida, por lo que vivo con ella, y como con muchas otras, con la mayor naturalidad posible. Sin embargo hoy es diferente. Sea porque ahora ando con muletas y mi relación con el mundo ha cambiado, o porque beber por la mañana afloja mis instintos, hoy no miro el móvil, consigo evitar su poder electromagnético, y entonces ocurre. Algo en mi cerebro desconecta mis impulsos nomofóbicos liberando endorfinas que me relajan inmediatamente, una explosión lumínica desparrama multicromías por las paredes intangibles de mi visión binocular; mi zona monocular, aquella que sobrevive en los bordes de mi espacio de visión, se convierte en una especie de cascada policromática que termina desapareciendo en el fondo etéreo y oscuro de aquello que no alcanzo a ver ni en mis reojos. Una experiencia poco común se cierne sobre un yo que todavía no conozco y que asiste a ella con completa admiración y anormalidad catártica. Algunos elementos de la escena se ralentizan de repente: el agua de la fuente es asfalto que escupe gasolina deformando sus contornos, las palomas son bultos deformes en el aire, manchas de tinta y plumas sobre un lienzo azul, un niño que corre es una estatua detenida en el límite del tiempo, una figura congelada frente a un futuro dolor con forma de seto inundado de ápices. Tras esos segundos de remanso, después de la deflación cromodinámica, del slow motion, luego de la eternidad comprimida en ese segundo de contemplación, la bariogénesis de mí mismo da comienzo. Una avalancha de satisfacción avanza desde lo más profundo de mi hacia cualquier cosa que no sea yo. Siento que me expando libre de toda necesidad de enlaces, likes, hastags y follows. Me dilato como una gran vagina termodinámica, desbordo el cauce de mi ser desmembrando la alcancía que normalmente me mantiene atado, noto como vivo en cada barion del mundo, en cada isótopo, en cada átomo de hidrógeno, me desbordo hacia el cosmos, avanzo hacia el infinito que empieza en mi como una gran ola de emoción que todo lo arrasa y que todo lo siente. Me convierto en todo lo que no soy. Soy todo. Siento el dolor de ese niño que por fin cae sobre los pinchos y siento como el dolor es una explosión de fuego o una lluvia pigmentada. Me siento sólido de mil maneras diferentes, me deshago en mil moléculas imperceptibles para formar todo lo que me rodea. De repente soy edificios, lo cual duele, sobretodo en sus esquinas. Soy aire, azoto cabelleras, muslos, cuellos, periódicos abandonados en las calles, toldos, árboles, remolino imparable me convierto también en mobiliario urbano, me siento viejo, anticuado, soy escaparates, ácaros, neumáticos, reflejo parpadeante en puntos concretos del espacio donde los coches pasan ignorando que están siendo poseídos, soy motores, pantallas de plasma, tubos catódicos, me siento excitado, tricolor, quiosqueros sin dientes, soy molares y caninos, soy gatos huyendo del frío, me siento solo siendo todo, bajos de coches, tubos de escape, soy los miedos de alguien o de todos, cacahuetes, cáscaras de pipas, soy llaves rayando coches, me siento libre, soy graffitis, hojas, bicis, castañas calientes, carbón, alquitrán, tengo hambre o ganas de llamas, soy chicles aplastados por generaciones, soy ellos, vosotros, ella, tú que no eres tú sino todo, existo en ti que eres todo a través de mi, y de repente algo vibra en mi bolsillo y pienso qué cojones hago, y desconecto esos procesos cognitivos, y derrapa mi conciencia al borde de un abismo absurdo, y me veo por fuera y me avergüenzo, y pienso en qué coño me habré tomado, y respiro hondo, y me relajo otra vez porque creo que estaba a punto de darme un infarto, y pienso que eso no es normal, y que tendré que ir al médico, y que he estado a punto de morirme, o de tener un orgasmo muy raro, o de volverme loco, y que no ha estado mal pero ya está, y agarro mi móvil, e introduzco el pin, y entro a navegar por ese mundo telefónico y virtual de nuevo. Porque eso es lo que hacemos. Porque así somos. Porque al final está muy bien vivir en todas partes, pararse a ver el mundo, pero también es necesario bajar la vista y mirar el Facebook. Aunque no lo tengo claro.